Era, posiblemente, la noche más calurosa del año. Incluso de la década, tal vez.
La luna creciente desparramaba su brillo plateado por el cielo impoluto, completamente libre de nubes, y lo dejaba caer hasta la tierra, donde lo iluminaba todo con su misterioso resplandor. Una noche más clara que un día oscuro.
Notó una gota deslizarse por su frente y descolgarse hasta la barbilla. Tal vez fuera sudor.
Tal vez fuera sangre.
Le costaba respirar. No era tanto el calor o el agotamiento como el recuerdo, aún palpitante, vívido y colorido, de Walter Bahamond tratando de respirar sin resultado, del surtidor rojo que su espada había hecho nacer en su garganta, de sus ojos apagándose poco a poco, lanzando sus últimas lágrimas.
Espoleó al Urok.
Ahora, la espada reposaba en la vaina, pendiendo de su cadera, meciéndose con el brusco vaivén de los rápidos pasos del gallo. La espada que, habiendo cumplido su función, descansaba en paz a sabiendas de que cualquier mal que hubiese podido causar no era responsabilidad sino de su dueño. Se preguntó si no sería él mismo una herramienta, la mera espada de alguien, o algo, superior.
¿Era cobarde plantearse eso? ¿Renegar de su culpa, renegar de sus actos? Era cierto que huía, pero desde luego no era un cobarde. No, corría porque había algo que tenía que hacer, algo que no podía esperar.
Notó el sabor de la sangre, aún fresca. Era extraño saber que no era suya.
En la lejanía, los primeros rayos del sol comenzaron a rasgar el horizonte, celosos de la luna brillante.
Había sido la noche más larga de su vida y, sin embargo, parecía haber durado menos que un suspiro.
Su montura frenó en seco y alzó la cresta. Con el pico encarado al cielo, cacareó, dando la bienvenida a un nuevo día.
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